CAPíTULO 1 - La PeQuEña HIsToRia de la CaSa AMAriLLa



A mediados de 2006 tropecé con un letrero que decía “Teatro Mágico, solo para locos”; ese mismo día descubrí a un grupo de personas maravillosas que me abrirían un mundo.

Ellos me enseñaron que la casa en la que habito, las calles que piso, el espacio que recorro todos los días de casa al trabajo son trozos del inmenso escenario donde se desarrolla la obra maestra de mi vida, y ese escenario puede estar vacío o puede estar lleno de símbolos y puertas mágicas. El rincón de la ciudad por el que pasas cada día sin que nunca nada nuevo suceda hoy puede convertirse en el lugar más especial del universo, y solo depende de tí, tu puedes llenarlo de vida.

Ellos me demostraron que para viajar no hay que irse muy lejos, pero hay que cavar muy profundo en la conciencia. Fueron mis verdaderos maestros, mi verdadera escuela de vida, esa que se entrelaza entre los hilos del destino llenando los días de entusiasmo y aprendizaje, de teatro y de danza, de lecturas filosóficas y análisis, de raices profundas, pájaros volando muy alto y sueños que se encarnan en acciones.


Cada día festejábamos que estábamos vivos saliendo a actuar en los metros, en los parques y en las aceras; bailábamos en las plazas y en los semáforos; éramos un grupo de “artivistas soñadores” que como en la película “Noviembre” de Achero Mañas, llenábamos las calles de la ciudad de colores, arte, reflexión y debate, alimentando la consciencia al tiempo que encendíamos la mecha del pensamiento crítico.

No eramos muchos ni eramos especialmente virtuosos o brillantes, pero la suma de todos nosotros apuntaba al infinito porque en cada vínculo, en cada hilo de unión, habitaba el deseo inagotable de aprender, de crear, de transformarse y amar, amar mucho, cada día más porque cuanto más amas más amor te cabe.


Hasta aquel entonces había pensado que la causa de mi soledad era yo mismo, pero a lo largo de ese periodo, poco a poco fui despertando la mirada, comprendiendo y siendo capaz de ver las jaulas invisibles que nos separan a unos de otros. Pude distinguir con claridad los hilos que nos mueven al tiempo que nos atan; agarre con fuerza esos hilos y tire de ellos; descubrí que desde niño me habían engordado con deseos que no eran los mios, me habían vestido de miedos ajenos y me habían empujado a correr en una carrera que no tenía sentido. Desde muy pequeño me habían fabricado para consumir y seguir produciendo, sabía cómo hacer las cosas pero no sabía quién era. Me había llegado a creer que para encajar en este mundo antes tenía que morir por dentro pero ahora entendía que eso no era así, podía transformar mi mundo del mismo modo que podía transformarme a mi mismo.

La metAMORfosis asomaba sus alas,

fuera de la crisálida había un universo de posibilidades.

Cuando a la creatiVIDAd se le cortan las alas crecen dos veces más largas.

El aire a mi alrededor estaba electrizado, cargado de símbolos y palabras que abrian puertas secretas a lugares mágicos; y en uno de esos lugares, muy adentro de mí, se estaba germinando una semilla, esa que sería el origen de “La CaSa AMArilla”.


( Tomás Gimeno - 17 de febrero de 2021 )

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