CAPÍTULO 3 - La PeQuEÑa HisToRia de la CaSa AMArilla



La metAMORfosis comenzó siendo simplemente un teatro, para transformarse luego en un hábito y finalmente en una realidad. Jugábamos a ser otro hasta que un día lo éramos. Nos enamorábamos de una idea, corríamos tras ella, luego la idea podía perderse o esfumarse pero nosotros ya habíamos caminado; pasito a pasito íbamos creciendo como personas, como amigos, como artistas conscientes de que nuestras acciones transformaban nuestro pensamiento, nuestras emociones y el mundo a nuestro alrededor. El teatro se había convertido en una forma de vida, y aunque la mayoría de nosotros no vivíamos de él, si guardábamos la esperanza de que él pudiera vivir de nosotros.


Por aquel entonces Paola trabajaba como estatua de calle. Ella me enseñó que permanecer quieta y silenciosa es un arte; puedes estar quieta como un saco muerto o puedes estar muy presente observando y escuchando la vida. La estatua de Paola era un canto de amor a la mujer trabajadora; representaba a una anciana fregando el suelo con un trapo, arrodillada junto a un letrero que decía, “en honor a todas las mujeres que silenciosamente han construido la historia”.

Encarnando su estatua de calle en unas horas al día sacaba dinero suficiente para comer, seguir formándose como actriz y activista, y pagar su habitación en una vieja casa de fachada AMArilla junto a la plaza de Tirso de Molina.

Un día me dijo que si quería podría ir a vivir también a esa casa, me harían hueco, y allá fuí con todos mis trastos para tratar de encajarlos en una habitación de poco más de 3 metros de largo por dos de ancho y sin ventana. El cuarto era diminuto pero estaba situado en el centro de una mágica galaxia de personajes cuyas vidas eran auténticas novelas. Esa fue la época en que empecé a dejar de leer libros y comencé a leer vidas junto a mi nueva tribu del Teatro de la Escucha.

En esos años Lavapies era aún un pequeño oasis en medio de un gigantesco desierto de asfalto, un pueblito que se resistía a disolverse en la gran ciudad. Sus calles eran todavía tranquilas y rebosaban de arte; murales de Borondo en las paredes y personas de carne y hueso que parecían sacadas de esos mismos murales. En sus plazas aún se celebraban asambleas del 15M, en el CSOA Casablanca había conciertos y talleres, en “Esta es una Plaza” plantaban sus lechugas y la Tabacalera acababa de abrir sus puertas y por sus grandes pasillos corría un hervidero frenético de nuevas propuestas y colectivos.

Había cientos de locales de asociaciones culturales, pequeñas salas de teatro independiente, bares clandestinos donde en cualquier momento podía suceder algo inesperado; performances, recitales de poesía, jams de todo tipo; las calles y plazas eran el lugar de encuentro para músicos y malabaristas. Los Indios sikhs rezaban silenciosos en su templo mientras por las calles desfilaba toda una turba de tambores africanos.

Lavapies mantenía aún un pié en el pasado y el otro en el resto del mundo, sus pequeños callejones contenían la Pangea; viajeros de todo el planeta traían pedazos de sus vidas y culturas. Las calles erán un mosaico de sabores, lenguas y cuerpos de diferentes colores que vestían como les daba la gana. De todo ese Caos nacía una armonía creadora. Toda una orquesta de poetas malditos, migrantes, ancianas, soñadoras, cantantes, actrices, kinesiólogos, magos y camellos, catadores de almas y bebedoras de versos, prostitutas, encantadores de serpientes, acróbatas y titiriteras. Se decía de éste barrio que habitaba en él la mayor concentración de brujas, magos, chamanes, santeros y charlatanes de todo el mundo conocido y algunos siguen afirmando que si toda aquella orquesta cósmica hubiera sido capaz de organizarse y poner toda su magia al servicio de un único fin, podrían haber sacado a la Tierra de su órbita para siempre.

Este es el contexto y el lugar, el espacio onírico perfecto y en medio de toda esa gigantesca carpa de circo que se abría ante un cielo infinito, colgaba mi nueva casa de gruesos muros y escaleras ondulantes que parecían pendiendo de un hilo. Suelos movedizos, puertas que no encajan, grietas en paredes y vigas de madera arqueadas, todo eran señales de que aquello debía caer, pero la casa desafiaba a la física cada 24 horas mientras yo me convencía de que aquello que había durado cerca de 300 años se mantendría en pié al menos unos años más, y después de una pandemia y de un Madrid cubierto de blanco tras la nevada más abundante y devastadora en 100 años, la casa sigue en pie inexplicablemente, esa casa que fue habitada por estatuas de calle y que años después se convertiría en el vientre de los ViAJes SeNSoRiaLes y la CaSa AMArilla.

( Tomás Gimeno - Abril 2021 )

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